LA PRIMERA GRAN CANCELACIÓN DE LOS GOOD ONES
Mucho se oye hablar de la cultura de la cancelación, que asociada al wokismo y a la inquisición posmoderna ha podido llegar en el presente a límites tan absurdos que ya nadie se libra de la censura: ni Homero, Cervantes o Shakespeare, no digamos ya los filósofos o pensadores que han fraguado la cultura europea. Se da por sentado que las monarquías absolutistas o los regímenes autoritarios han aplicado la censura, y hasta la nausea nos han machacado con la persecución de los intelectuales judíos o marxistas durante el Tercer Reich, la quema de libros y todo eso. Pero lo que sorprende es que en las sociedades presuntamente democráticas se pisotee la libertad de expresión y el trabajo intelectual, llevando a cabo una censura aún más despiadada que la de otros sistemas del pasado, en nombre de unos supuestos "derechos de las minorías". Que esto es lo que realmente está sucediendo.
Resulta que muchos, en particular los que se consideran liberales, se rasgan las vestiduras ante la dictadura de lo políticamente correcto, como si se tratara de un fenómeno reciente, importado de las universidades de los Estados Unidos por nuestras sociedades occidentales, tan democráticas y respetuosas todas ellas con la "libertad de expresión" o con las libertades en general. Y eso no es así, ya que los delitos de opinión (hoy llamados eufemísticamente delitos de odio) siempre han sido perseguidos por el aparato del poder, no importando con qué clase de vestiduras se intente este disfrazar: dictaduras, democracias liberales, democracias populares, etc. La cancelación ha sido practicada desde siempre y a un lado y otro del viejo telón de acero, a veces de una forma brutal y otra más sibilina, aunque a lo que estamos asistiendo ahora es a su aplicación más generalizada y sin vaselina de ninguna clase.
Más aún, en nuestro mundo "libre" y hasta hace muy poco tiempo con la irrupción de Internet, resultaba muy difícil publicar nada si no se contaba antes con el visto bueno de los que manejan el tinglado o con la aportación económica de los que controlan el flujo del capital financiero. De ahí que ahora se quieran añadir puertas al campo y poner coto por todos los medios a las redes sociales y demás, condenando a los disidentes al ostracismo o endosándoles los calificativos de conspiranoicos, negacionistas o de fabricantes de "fakes", ya que los que realmente mandan olfatean el peligro que suponen tantos espacios que compiten con los medios de desinformación de los que son dueños y señores.