miércoles, 10 de abril de 2013

PROTEJÁMONOS DE LA PESTE DEL MANGA


Heidi. Con ella comenzó el desastre.


El manga es una máquina de guerra sin escrúpulos. Ha dividido el mundo en segmentos de mercado y se está aprovechando de la debilidad de los jóvenes. Es un chicle mental, atrae pero destruye el cerebro. Y, lo que es peor, mina la libertad de los dibujantes, poniéndolos al servicio de los intereses imperialistas de su país. Lo peor de todo es que no hay forma de pararlo. Haría falta una tercera bomba atómica.

(Jean Giraud @ "Moebius", 2008)

Estas declaraciones tan poco halagadoras hacia el comic nipón, entre otras, se deben al difunto "Moebius", uno de los grandes de la bande dessinée francesa y del cómic europeo en general. En otras muchas ocasiones se arrepintió de haber sido el introductor en Europa del manga, lo que levantó una gran polvareda de descalificaciones por parte de los frikies, otakus y otros incondicionales de las cosas que proceden del País del Sol Naciente. Digamos que estas afirmaciones clarividentes del autor galo le redimen de todos los tostones al estilo del "Garage hermético"de los que haya podido ser responsable en el pasado (personalmente, sólo me gustan de Moebius algunas historias de Arzak, y por supuesto algunas aventuras del teniente Blueberry, del resto puedo prescindir).

 
La manía de lo japonés no es un fenómeno nuevo, porque desde mediados de los 70 empezó el desembarco, al principio discreto, de los animes nipones; las series de dibujos para la televisión, destinadas al principio a un público infantil, como Heidi y Marco. Ahí ya teníamos los prototipos, repetidos más tarde hasta la saciedad, de unos personajes reiterativos, dibujados con una calidad pésima, de expresiones monocordes , como esas bocas que se abrían como buzones de correos y tan bien imitadas por el dúo de Cruz y Raya.
 Poco después le tocó el turno a Mazinger Z, el abuelo de todos los "mechas" o robots de combate, uno de los géneros recurrentes del manga y el anime. Las explosiones y el tono futurista e hipertecnificado de la serie, algo "clonado" de los cómics Marvel norteramericanos (Jack Kirby), todo hay que decirlo, impactaron bastante en su momento entre el público juvenil, traumatizado para siempre y sin remedio con las escenas en las que intervenía la novia de Mazinger, Afrodita A.


Marco y su Edipo mal resuelto


El grito de guerra de Afrodita A:"¡Pechos fuera!"

Y a partir de entonces la presencia cotidiana de producciones made in Japón en la caja tonta se hizo imparable, favorecida por la gran competitividad de la industria nipona, capaz de producir cantidades ingentes de esta clase de mercancía, de modo contínuo y con un coste mínimo, lo que fue bien recibido por los canales de televisión occidentales que tenían que cubrir los espacios de su parrilla reservados a la "gente menuda". Así también se fueron creando generaciones de potenciales consumidores de la industria manga, que llegaría más tarde con la voracidad de una plaga de langostas. Considerado al principio como "una moda pasajera", el fenómeno del manga ha crecido de tal modo en los últimos años que está llegando a desplazar, por supuesto, al cómic autóctono europeo, pero también a la antaño todopoderosa industria norteamericana. Y no por razones de calidad, ni mucho menos, sino por su aplastante cantidad.
¿Pero quién puede competir con una maquinaria oriental tan impresionante como esa, con operarios que trabajan a pleno rendimiento y a menudo poniendo tanto "corazón" en ello como los que aprietan tornillos en las factorías de Suzuki?
Los temas de las primeras series de animes servidas al público occidental eran bastante simplones y recurrentes, casi siempre adaptaciones de la "literatura infantil" (la abeja Maya) o de clásicos infantilizados ("los mosqueperros") para los niños. Después vinieron esas sagas de superhéroes y supervillanos, en las que los temas de la mitología clásica europea aparecen a menudo invirtiendo su significado ("Ulises XXI", "Los caballeros del Zodiaco"), al servicio de unos guiones que iban mostrando cada vez un mayor número de escenas violentas.


El manga se quita, al fin, su  máscara inocente, y muestra su auténtico rostro.


A finales de los 80 llega el definitivo triunfo del anime y el manga fuera de las fronteras niponas. Mientras entre los teleadictos adolescentes hacía furor la serie "Dragon Ball" (adaptación del manga de Akira Toriyama), el sector culto de los cómics se rendía, con Moebius a la cabeza, ante una nueva revelación: "Akira", la creación futurista del mangaka Katsuhiro Otomo. Esta obra, que comprende en total unas dos mil páginas, posee un nivel de dibujo bastante aceptable, aplicado a describir con detalle el escenario dantesco donde se desarrolla la historia (Neo-Tokio) y la desmedida ultraviolencia que rezuma por doquier. Esta obsesión apocalíptica de los japoneses (motivada por ser una isla que conoce de sobra los horrores de la masificación y de los desastres naturales y atómicos) va a ser desde entonces una seña de identidad de buena parte del manga. El cóctel formado por superhéroes con poderes psíquicos y expertos en artes marciales, criaturas demoníacas, super robots y poderosas máquinas,  escenarios hipertecníficados y al borde de la aniquilación, etc. y todo ello aderezado con abundantes dosis de violencia, sexo,  explosiones y eclosión de vísceras, será lo suficientemente atractivo para el público juvenil en un momento de la historia en el que las nuevas generaciones van abandonando la cultura libresca, reemplazándola por un universo audiovisual y virtual. En la mayoría de los mangas hay poco que leer o interpretar, más allá de las escenas de acción y las onomatopeyas. La calidad de los dibujos pocas veces alcanza el nivel de "Akira", a pesar de ser copiosamente imitado, sino que se echa mano casi siempre de recetas estereotipadas, siendo habitual que algunos grandes mangakas (como Toriyama, el dibujante de Dragon Ball) lleguen a fotocopiar sus propias viñetas para intercalarlas en distintos episodios de la saga. Todo se sacrifica en aras de la producción, como puede verse.

El lado oscuro del manga-anime

Hace algunos años, el 16 de diciembre de 1997, saltó la noticia de que en Japón habían sido hospitalizados 685 niños, afectados de ataques de epilepsia, tras el visionado del episodio nº 38 de la popular serie "Pokémon" por la televisión. Parece ser que las convulsiones se produjeron por culpa de los destellos rojos y azules de una escena realizada con la técnica del "paka-paka". En este caso la intensidad de los parpadeos alcanzó un radio de 12 Hz durante 4 segundos en la mayor parte de la pantalla, y más tarde de dos segundos más, abarcando la pantalla entera. Algunos de los pequeños afectados debieron permanecer ingresados en los hospitales durante un par de semanas.

He aquí al siniestro Picachu, dispensador de cefaleas y ataques epilépticos

Este es un ejemplo de las muchas cosas raras que rodean a esta industria, que es aceptada acríticamente por una muchedumbre de jóvenes consumidores occidentales. Una industria que va más allá de los cómics o vídeos, pues también incluye multitud de gadgets y merchandising (muñequitos, juegos de ordenador,etc.) pensados para el público fanático.
 En relación con el anime, se ha detectado en algunas series infantiles japonesas , como Pokémon o Furi Kuri, la presencia de una gran cantidad de personajes hiperactivos y descontrolados, que pueden crear extrañas pautas de comportamiento en los más jóvenes. Quizás vaya siendo hora de hacer un estudio serio sobre la respònsabilidad que puedan tener los animes, entre otros factores, en la alta incidencia del síndrome TDAH y otros trastornos de conducta y atención que se están registrando en las nuevas generaciones de escolares.
 Japón es una nación pionera en producir ese espécimen humanoide que por aquí conocemos como "Friki", y que allá denominan otaku ("personas cuya percepción visual ha mutado"). Hablamos de esa categoría de jóvenes vitalmente fracasados, que se refugian en el consumismo compulsivo, rayano en la drogodependencia, y víctimas propiciatorias de varias patologías (desequilibrios emocionales, autismos, depresiones, confusión entre lo ilusorio y la realidad). De hecho la juventud japonesa  está a la cabeza en el índice de suicidios a escala mundial. Estos otakus son, ante todo, fanáticos del manga y el anime, llegando al extremo de ir ataviados como si fuesen personajes de su serie favorita. El efecto contagio está llegando a España, aunque con considerable retraso... pero todo parece apuntar que esta clase de actitudes van a pegar fuerte, a juzgar por el preocupante clima preapocalíptico que se respira por estas latitudes (vean la película "El final de los días" para ir haciéndose una idea).
Tras el éxito arrollador  de la orgía de sangre y vísceras que supuso "Akira", en 1989 llegó a las pantallas la aclamada "Urotsukidoji, la leyenda del Señor del Mal", basada en el manga de Toshio Maeda. Aquí la cosa va de un combinado de sexo duro con violencia extrema, y asistimos a toda clase de aberraciones sadomasoquistas, siendo especialmente recordada la película por haber popularizado un subgénero, el "tentacle-rape" (la violación por tentáculos).

"El sueño de la esposa del pescador" de Hokusai, ejemplo ilustre de tentacle-rape anterior a la invención del manga

Y es que no podemos perder de vista que, a pesar de las apariencias y el grado de occidentalización actual, la mentalidad japonesa es muy diferente a la nuestra, y es especialmente proclive a las perversiones más disparatadas. Por una parte, su cultura carece de las inhibiciones tan características, por ejemplo, de la puritana Norteamérica, y por otra parte viven en una fase del capitalismo más avanzada que la nuestra, llena de tensiones, y que sufre como ninguna las consecuencias de un modo de vida cada vez más alejado de la Naturaleza (megalópolis masificadas, omnipresencia de la tecnología,etc.)
Al producirse la avalancha del manga, el mercado europeo no estaba preparado para lo que se le venía encima. No era consciente que, tras la aparente uniformidad de los dibujitos nipones se escondía una enorme diversificación de temas y públicos. Aquí se estaba acostumbrado erróneamente a asociar al cómic con un destinatario juvenil, pero en el Japón -donde es un fenómeno de masas- hay mangas para chicos, para chicas, para amantes de los deportes, del sushi, y para adultos adictos a toda clase de aberraciones  imaginables, que allí encuentran gran aceptación (la cuarta parte de las ventas corresponden al manga erótico-pornográfico). Por eso sorprende que en España encontremos títulos de mangas o vídeos en las estanterías de las librerías o de las bibliotecas públicas, como si fueran material para jóvenes, cuando su auténtico lugar correspondería a una sex-shop.
Conviene saber que en Japón hace furor un género al que llaman "ero-guro", donde tienen cabida toda clase de atrocidades que pueda concebir una mente enfermiza y retorcida. Sus principales cultivadores, Suehiro Maruo, Kazuichi Hanawa o Waita Uziga, juegan al gato y al ratón con la censura de su país (bastante permisiva en estos asuntos, digan lo que digan) ofreciendo imágenes explícitas de sexo y ultraviolencia (destaca la gran predilección por mostrar bellas mujeres, a menudo con rasgos occidentales, mutiladas y ultrajadas de manera espantosa). Estas abominaciones dejan chiquitas las "locuras" de los dibujantes  underground  (Clay Wilson, Robert Crumb) que sólo pretendían ofender, con sus obscenidades, la moralina del americano medio.


Ilustración bastante "tierna" para ser de su autor, Suehiro Maruo. Su particular homenaje al Gabinete del doctor Caligari.


El caso particular de Suehiro Maruo es significativo, pues la calidad de dibujo de este autor supera la media de los mangakas al uso, lo que no impide que se aplique con esmero a representar toda clase de horrores. Conviene aclarar que su estilo nada tiene que ver con el del manga erótico convencional, ni con los acostumbrados maniquís con carita de Heidi y atrevidas poses de porno-star habituales. Maruo bebe en las  fuentes más antiguas del arte japonés de la estampa que, debemos recordar, alcanzó cimas inigualables en el pasado. Pensemos en los grabados del género Ukiyo-e, que fueron tan valorados por su exquisita elegancia por los artistas occidentales de finales del siglo XIX, como los impresionistas, Tolouse-Lautrec o Vincent Van Gogh. Ahí están las obras de artistas de primer orden como Hokusai, Hiroshige, Sharaku y otros.

 Pero  no es en este arte aristocrático en el que se inspiran Suehiro Maruo y compañía, sino en una corriente particular del Ukiyo-e llamada muzan-e, que alcanzó gran popularidad en el Japón entre las clases bajas antes de la restauración Meijí. Esta fue una época convulsa, caracterizada por una enorme violencia, y este género de estampas reflejaban la situación del momento, mostrando imágenes explícitas de atrocidades. Tal vez Suehiro Maruo  perciba un paralelismo entre aquel momento histórico y el presente, y esta sea su forma de dar testimonio de la pesadilla en que se ha convertido la vida para miles de sus compatriotas. Sea como fuere, no le falta un público minoritario aunque fiel de lectores entusiastas,  que se sienten identificados con su peculiar estilo y sus atroces y escatológicas historias. Por ejemplo, "El Monstruo de Color de Rosa", uno de sus primeros éxitos, no es más que un catálogo de obscenidades, al igual que "Midori", aunque este relato tiene algo más de argumento. En la "Sonrisa del Vampiro" recrea, a su manera, el mito de los Kappa, los vampiros japoneses, pero acusando notables influencias europeas, como las del Grand-Guignol o el cine expresionista alemán.. Como dice el propio Maruo, sus obras pretenden ser la expresión artística de un mal sueño.

Un planteamiento diferente, y por fortuna más maduro, tiene "La Extraña Historia de la Isla Panorama", un manga basado en un relato del escritor Hirai Taro (1894-1965), que solía firmar con el sobrenombre de Ranpo Edogawa (transcripción japonesa de Edgar Allan Poe), y  que pasa por ser uno de los padres de la novela policiaca nipona. Es la historia de un novelista fracasado que suplanta la personalidad de un viejo compañero de la escuela, para apoderarse de su fortuna y cumplir su deseo de crear un paraíso artificial a su medida.. A diferencia de otros mangas de Maruo,que persiguen la repulsión y el asco, esta obra destaca por su belleza formal , inspirándose en el Jardín de las Delicias del Bosco, y en la obra de los maestros del simbolismo europeo, como  Beardsley o Max Klinger. La escasa componente macabra y escatológica de este manga ha llevado a algunos a opinar que quizás Maruo se esté aburguesando, volviéndose más "amable" con los años, y haya  traicionado su espíritu rebelde.


Cartel anti-anime
Sirva este breve recorrido por el mundo del manga para hacerse una idea del terreno cenagoso por el que nos movemos. Si para encontrar un autor interesante hace falta bucear en las sórdidas aguas del "ero-guro", es que la cosa pinta muy mal. Tal vez merezca la pena asomarse a esta clase de abismos para levantar acta de lo que hay y, como aviso a navegantes, para prevenir de lo nocivas y tóxicas que pueden llegar a ser ciertas formas de "diversión" contemporáneas. Seguiremos informando.






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