domingo, 23 de agosto de 2026

 LA DEGENERACIÓN DEL 78

"La movida" y sus fantasmas


Los nacidos en los años sesenta tuvimos que padecer aquella operación de ingeniería social que supuso "la movida" de los ochenta, que no fue otra cosa que una sucia artimaña del felipismo para mantener distraída a la juventud, aleccionada a una carrera absurda para apuntarse a ser "moderno", con musiquillas y aderezos cosméticos varios, mientras el gobierno de Felipe González se dedicaba a deshacer el tejido industrial del país con la famosa reconversión y a empobrecer a las clases medias y trabajadoras, condenando al paro a buena parte de esa misma juventud. Pero la "alegría cultural", el aire festivo en general, la llamada al hedonismo y a la autocomplacencia y a la desconexión de la realidad política y social, preconizada entre otros por Tierno Galván con su política de las migajas dio excelentes resultados, porque "aquí todo va dabuten", como decía la canción. 
Muchos supuestos "creativos" del momento, en el mundo de la canción, pero también en el cine, las artes plásticas y el diseño, la literatura, etc. se fueron postulando como si fueran Leonardo da Vinci por parte de la industria y de los medios de comunicación.
Todos aquellos santones o ya peinan canas o han ido pasando a mejor vida: Ouka Leele, Miquel Barceló, Javier Mariscal, El Hortelano, Ceesepe, Guillermo Pérez Villalta, Alberto García-Alix... por centrarnos en el caso de los artistas plásticos. Las divas habituales de las páginas del suplemento de El País, los buque-insignia de la modernidad, han ido desapareciendo (aún persisten, inasequibles al desaliento, algunas estrellas petardas al estilo de Alaska y Mario Vaquerizo) pero su  siniestro legado continúa vigente, como bien señala Víctor Lenore en su libro "Espectros de la Movida. Por qué odiar los años ochenta". 
El cine, la música, el arte, la literatura o el periodismo que se hacen en la Expaña actual siguen en gran medida anclados, atrapados en el patrón fijado en los años ochenta, que ya entonces nos proporcionó unos frutos más bien mediocres, por no hablar del auténtico páramo cultural que representa en la tercera década del milenio el pedrosanchismo. Basta ver qué clase de programación basura suministran hoy en día los dos canales de la televisión pública, que pagamos todos, para hacernos una idea de cómo anda el patio.
Lenore indica con mucho acierto que, además de servir como un mecanismo de distracción y para alienar a las nuevas generaciones, fomentando la evasión y la resignación ante las injusticias sociales, la "movida" y la contracultura fueron los agentes más idóneos de aceleración de los valores neoliberales, en un país que con la democracia dejó entrar en tromba una serie de procesos pendientes, como la revolución sexual, el mayo del 68, la contracultura lúdica o el arte pop.
Esto se hizo patente con la visita del icono del narcisismo y la mitomanía por excelencia, Andy Warhol a Madrid en 1983, con motivo de su exposición en la galería de Fernando Vijande, y los saraos colaterales que se celebraron por todo lo alto, acabando algunos de sus asistentes en las dependencias de la Dirección General de Seguridad, y que supusieron la alianza definitiva entre la alta sociedad madrileña,  los empresarios y las figuras clave de la "movida", como Pedro Almodóvar, Alaska, Miguel Bosé o Ágatha Ruiz de la Prada. Algunos de estos personajes pasarían del "Heroin chic" al oficialismo y a invitados asiduos de la "bodeguilla" de la Moncloa, sin solución de continuidad.
Aquello era la consagración definitiva de la revolución individualista, "elitista" y consumista de Reagan y de Thatcher, y eso lo vio mejor que nadie Felipe González, que supo descubrir su potencial para recubrir el capitalismo de un aura innovadora, sofisticada y "creativa". Así el doctor Tierno Galván se convirtió en el más entusiasta propagador de la nueva "cultura", y allí donde había ayuntamientos controlados por el PSOE (como en el Vigo del compañeiro Soto) se replicó este mismo fenómeno.
Más torpe, la derecha española tardaría algo más de tiempo en captar esta simbiosis entre contracultura y neoliberalismo, y lo conveniente que era para ella que avanzaran los nuevos "valores" emergentes. Pero nunca es tarde si la dicha es buena, y Esperanza Aguirre ya se encargó de regar con 4 millones de euros del presupuesto autonómico el homenaje por el 25 aniversario de "la movida" en el 2005.
Y así, el artista pop Antonio de Felipe supo arrimarse al PP valenciano de Francisco Camps para conseguir prebendas y dádivas, al igual que el arquitecto Santiago Calatrava.
Al mismo tiempo, el mundo de los negocios se ponía las pilas y veía en el arte contemporáneo una ventana de oportunidades, para blanquear los capitales de origen oscuro y para mejorar su imagen. Ya percibían la estrecha alianza entre la "movida", la moda, la publicidad y el marketing.  Así se impulsó la feria de ARCO, bajo los auspicios de la galerista Juana de Aizpuru y los chanchullos de Adrián Piera, Tierno Galván y los Ministros de Cultura Soledad Becerril y de Hacienda Jaime García Añoveros, que permitieron reducir los impuestos de lujo para los galeristas. Esto ha seguido vigente hasta el día de hoy, que seguimos viendo como los que controlan los resortes culturales de la capital madrileña se mueven en circuitos muy cerrados, donde no se permite ningún debate social ni cuestionamiento de ningún tipo. El arte y la cultura contemporáneas en Expaña respiran desde entonces un aire de "izquierdas", donde todo se puede cuestionar salvo el pensamiento progre y curiosamente la estructura económica, política y financiera que lo sostiene.
Hay que tener en cuenta, como confiesa Teresa Vilarós, "no sólo la fiesta rebosante de cocaína en la que celebramos la muerte de Franco, sino el tratamiento de metadona al que tuvo que someterse España para soportar el fin de las aspiraciones de justicia social".
Conviene recordársele a todo aquel que hable de nostalgia por los "felices años ochenta".



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